Domingo 26º del Tiempo Ordinario

EVANGELIO según San Mateo 21, 28-32

“”A ver qué os parece. Un hombre tenía dos hijos. Llegándose al primero, le dijo: ‘Hijo, vete hoy a trabajar en la viña. Él respondió: ‘No quiero’, pero después se arrepintió y fue. Llegándose al segundo, le dijo lo mismo. Él respondió: ‘Voy Señor’, pero no fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?”” El primero, le dicen. Jesucristo añadió: “”Os aseguro que los publicanos y las prostitutas llegarán antes que vosotros al Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros por camino de justicia y no creísteis en él, mientras que los publicanos y las prostitutas creyeron en él. Y vosotros, ni viéndolo os arrepentisteis después, para creer en él.””

Palabra del Señor 

REFLEXIÓN:

El arrepentimiento no puede darse sin humildad. El arrepentimiento no puede darse en quien no tiene a Dios y a su Santo Espíritu como rector de sus pensamientos y actos. La palabra arrepentimiento en el griego original del que proviene significa “cambio de parecer”. Y ese cambio es promovido por la voz de la conciencia que señala que se ha actuado mal. En esa conciencia reflexiva anida Dios. Es la insobornable conciencia que no se puede engañar (autoengañar) y que lleva a producir ese cambio de parecer (de actitud) en que consiste el arrepentimiento. Por eso vivimos en una sociedad donde hay tanto fariseo que maquilla su compostura en falsedad, pues son legión quienes están impedidos para reflexionar hacia un cambio frente a un error cometido (con el prójimo, o en relación a Dios). Por eso vivimos en una sociedad donde hay tanta gente que se autoproclama ‘cristiana’ pero sin que lo sea en absoluto. En absoluto. Porque la humildad es un bien escaso. Demasiado escaso. La parábola de Cristo-Jesús sobre los dos hijos gira en torno al arrepentimiento. Y no solo esa parábola. Toda la Sagrada Escritura es un llamamiento al ‘cambio de parecer’, a la oportunidad de poner nuestras existencias conformes a la Palabra de Dios. Un cambio conforme a la bondad del actuar desde el Espíritu: no desde la mundanidad, la frivolidad, la impostura, o el egoísmo ciego. Sin humildad no hay nada. No puede haber nada conforme a Dios. Carecer de humildad es carecer de la Presencia de Dios en la vida propia. Y sin humildad no puede haber autoreflexión en ese sagrado Tribunal de la conciencia. Nadie puede recapacitar sobre nada si carece de humildad. Porque solo la humildad hace que se reconozca un error propio. Y sin humildad, efectivamente, no puede haber arrepentimiento (cambio de parecer, en la esfera del espíritu que gobierna el alma de cada cual). ¡Qué triste! constatar que hay tantas personas que van por la vida sentenciando como si el conocimiento (sobre lo que sea) y la verdad fuera de su propiedad exclusiva. ¡Cuánta altanería danzante! El Señor muestra cómo sólo la ‘conversión’ (la recapacitación que opera el arrepentimiento) que se da en la dimensión de lo espiritual nos puede poner en el camino hacia la ‘palpable’ Presencia del Dios viviente en la existencia de cada cual. Es así como se va configurando una Fe cada vez más madura, profunda, y poderosa. Es esa Fe Grande la que ¡cambia la vida!, la que transforma cada momento en pura plenitud de alegría de vivir dando Gracias a Dios. Y todo eso está vetado para quien carece de humildad. Es la gran exigencia para acceder al Reino de Dios. Y a su Paz.

«Quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.» (Mc 8, 35)