EL SEÑOR ES COMPASIVO Y MISERICORDIOSO

17, IX, 2017

Queridos hermanos y hermanas:

Según la sentencia de un sabio rabino contemporáneo nuestro, la Palabra de Dios, como los diamantes más preciosos, tiene múltipes caras y perfiles: unas veces nos acusa y denuncia nuestros caminos errados; otras veces nos consuela y conforta; en ocasiones nos espolea para que salgamos de la comodidad y de la tibieza; y siempre es bálsamo que cura nuestras heridas, nuestros dolores y sufrimientos. Su mensaje es siempre oportuno para cualquier circunstancia o situación de nuestra vida cristiana. En este Domingo XXIV del tiempo ordinario, nos habla sobre el perdón de Dios y sobre el perdón que todos nosotros nos debemos otorgar en la vida social y comunitaria.

Si tuvieramos que buscar una definición de qué es ser cristiano, a partir de las lecturas de la Palabra de Dios de este domingo, podriamos decir que el cristiano es una persona que vive reconciliada con Dios y reconciliada también con los hombres, sus hermanos. De la reconciliación con Dios y de su perdón, hablamos en primer lugar.

Una de las mayores certezas que el hombre puede tener a la hora de programar su futuro y de crecer en la vida espiritual es la conciencia de que todos somos pecadores. La Iglesia es una triste comunidad de pecadores. Hace sesenta años, en 1943, el papa Pío XII escribió en la encíclica Mystici Corporis Christi que el hombre de hoy ha perdido el sentido del pecado. Son muchos ciertamente los que dicen que ellos no se confiesan porque no tienen pecados. No faltan tampoco filósofos modernos que afirman que una de las mayores infamias que el hombre puede cometer es sentirse pecador, porque eso es una humillación intolerable y una destrucción de su propia libertad.

En este contexto, la Iglesia tiene el deber de proclamar que todos somos pecadores. Ninguno de nosotros puede decir como el fariseo del Evangelio: "Gracias te doy, Señor, porque no soy como los demás hombres...". Todos, hasta los santos, exceptuando a la Santísima Virgen, somos pecadores y tenemos que entonar cada día el Yo pecador y rezar muchas veces al día Perdonanos nuestras deudas.

El pecado es una transgresión de la Ley santa de Dios; un desprecio de sus mandamientos, una transgresion del plan de Dios sobre cada uno de nosotros, una ofensa a Dios y un desprecio de la sangre redentora de Cristo. El pecado es además un envilecimiento propio. Cuando pecamos nos degradamos, rompemos la imagen ideal del hombre que Dios creó y nos esclavizamos, porque el hombre solo es libre cuando se ata amorosamente a la Ley de Dios. Buscando nuestra propia libertad, nos encadenamos.