Domingo 7º de Pascua. Ascensión del Señor

EVANGELIO según San Mateo 28, 16-20

“Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, lo adoraron, si bien algunos dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: “”Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y en enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y estad seguros que yo estaré con vosotros día tras día, hasta el fin del mundo””.

Palabra del Señor

REFLEXIÓN:

Jesús Resucitado se aparece a quienes creen en Él, a sus discípulos, en el momento de la Ascensión. El Agua bendita con la que fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y guardar sus mandamientos en lo insobornable de un limpio corazón, nos convierte en sus seguidores, en sus discípulos. Hacer apostolado de su Palabra a través del ejemplo de nuestros actos cotidianos es una forma de participar en la implantación de Su Reino en nuestros días, en nuestras vidas, pero también en nuestro entorno, en nuestro ámbito. Y una Hermandad cristiana tiene esa finalidad de hacer permanente ‘apostolado’ de la Palabra de vida de Cristo-Jesús, pues ninguna Hermandad ni ninguna Cofradía ha de ser un club social, u ocasión para encumbramientos personales: pues sería servir al mundo paganizando en el hecho social el tesoro espiritual que emana de la veneración al Hijo de Dios y a Su Santa Madre, siendo entonces antítesis del valor de apostolado fraterno que juramos al servicio del prójimo como mandamiento de Amor del que dio su vida por nuestra salvación: la de cada uno. Cristo murió por cada uno de nosotros. Y Resucitó y Vive para cada uno de nosotros. Pero exige ser verdaderos seguidores y discípulos de Nuestro Señor. Y esa tarea es cotidiana, y siempre perfectible. Y se trata de un auténtico ‘combate espiritual’ que hemos de librar cada uno, cada día. San Pablo (Ef 6, 10-17) nos arma de coraje para ese combate, y nos dice “fortaleceos por medio del Señor, de su fuerza poderosa. Revestíos de las armas de Dios para poder resistir a las acechanzas del diablo. Porque nuestra lucha no va dirigida contra simples seres humanos, sino contra los principados, las potestades, los dominadores de este mundo tenebroso y los espíritus del mal que están en el aire. Tomad las armas de Dios para que podáis resistir en el día funesto; y manteneros firmes después de haber vencido todo. Manteneos firmes, ceñida vuestra cintura con la verdad y revestidos de la justicia como coraza, calzados con el celo del Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la Fe para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del maligno. Tomad, también, el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios”. Es así como con la fuerza de la confianza en Cristo-Jesús presente en nuestros espíritus salva nuestras almas de las esclavitudes del mundo, y es así como Su Presencia es auténticamente palpable. Palpable y actuante en la vida propia. Es así como se puede Vivir de Cristo.

«Todo el que pide, recibe; y el que busca, halla; y al que llama, le abrirán.» (Lc 11, 10)

28 de Mayo del año de Gracia de 2017 Antonio Martín Lupión. Diputado de Formación. Hermandad del Museo